Es curioso como en una plática de café se puede solucionar el mundo.
Recuerdo cuando comenzaba a tomar café, siempre me ha gustado y me parece una bebida única, es decir, ninguna taza de café sabe igual, aunque salga de la misma jarra, cada taza sabe distinto, tiene un olor indiscutiblemente cálido y huele a bienestar, quizá porque lo relacionamos con algún momento, una buena compañía o una buena plática que solucionó el mundo por la duración de esa tacita.
A fechas recientes he notado como los expendios de café se han modernizado, ya no es sólo un lugar para ir a merendar café y un pancito dulce: cuerno, conde, una concha con nata o telera con nata y un cigarrito al terminar. Siguen siendo sin embargo, lugares de reunión con amig@s, novi@s aunque más sofisticados a los de antes, donde se ofrecen: cien sabores distintos de café, diez tamaños diferentes y un sinnúmero de postres y acompañantes de esa bebida ancestral, empero sin lugar a dudas la estrella de esos lugares sigue siendo el café. Con todo lo anterior, es necesario tomar un curso intensivo para comprar un café a un establecimiento snob como los de ahora.
Una vez llevada a cabo esa ardua labor y con su café en una mano y un interlocutor al frente se vuelve uno especialista en todos los temas, puede ser un erudito ingeniero que critica el por qué se utiliza un material en lugar de otro o quizá la localización de un puente peatonal; puede ser consultor político y generar escenarios de cómo el peje buscará obtener la candidatura a la presidencia aún a costa de Marjelo, de cómo Beatriz puede darle una paliza a Nava en un debate si le echa montón con Chucho o viceversa; crítico de cine de la película de la semana, en fin de todo un poco.
Lo mejor del café es que no se vuelve uno necio al tomarlo y por relativamente poco dinero da un excelente sabor y unos minutos de buena compañía.
Como dice Manzanero: No sé qué haría si no hubiera una taza de café. (Manzanero y la Big Band Jazz de México)
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