jueves, 18 de marzo de 2010

Una tacita de Café

Es curioso como en una plática de café se puede solucionar el mundo.

Recuerdo cuando comenzaba a tomar café, siempre me ha gustado y me parece una bebida única, es decir, ninguna taza de café sabe igual, aunque salga de la misma jarra, cada taza sabe distinto, tiene un olor indiscutiblemente cálido y huele a bienestar, quizá porque lo relacionamos con algún momento, una buena compañía o una buena plática que solucionó el mundo por la duración de esa tacita.

A fechas recientes he notado como los expendios de café se han modernizado, ya no es sólo un lugar para ir a merendar café y un pancito dulce: cuerno, conde, una concha con nata o telera con nata y un cigarrito al terminar. Siguen siendo sin embargo, lugares de reunión con amig@s, novi@s aunque más sofisticados a los de antes, donde se ofrecen: cien sabores distintos de café, diez tamaños diferentes y un sinnúmero de postres y acompañantes de esa bebida ancestral, empero sin lugar a dudas la estrella de esos lugares sigue siendo el café. Con todo lo anterior, es necesario tomar un curso intensivo para comprar un café a un establecimiento snob como los de ahora.

Una vez llevada a cabo esa ardua labor y con su café en una mano y un interlocutor al frente se vuelve uno especialista en todos los temas, puede ser un erudito ingeniero que critica el por qué se utiliza un material en lugar de otro o quizá la localización de un puente peatonal; puede ser consultor político y generar escenarios de cómo el peje buscará obtener la candidatura a la presidencia aún a costa de Marjelo, de cómo Beatriz puede darle una paliza a Nava en un debate si le echa montón con Chucho o viceversa; crítico de cine de la película de la semana, en fin de todo un poco.

Lo mejor del café es que no se vuelve uno necio al tomarlo y por relativamente poco dinero da un excelente sabor y unos minutos de buena compañía.

Como dice Manzanero: No sé qué haría si no hubiera una taza de café. (Manzanero y la Big Band Jazz de México)

lunes, 8 de marzo de 2010

Burbujas personales


Pasaban los días y yo sin ganas, ni conocimiento, ni una chispa de por qué o sobre qué debía escribir, siempre me ha gustado, de repente me ponía a escribir nomás porque sí y sentía un gran alivio, no sé si soy bueno y honestamente ni me importa, lo que importa es que me lea quien me tiene que leer y que me sienta bien con lo que escribo y conmigo mismo.


Así pasaron los días, las semanas y hasta meses sin “inspiración” –aunque creo que la falta de tiempo fue lo que terminaba por matar cualquier intento de escribir–, hasta que un día me pegó, siempre había querido escribir al respecto, pero por alguna extraña razón nunca lo había hecho, aunque siempre lo platicaba con alguien.


Cuando uno viaja de manera constante y en itinerarios largos en auto, se vuelve uno como psicólogo de la carretera, si eres observador, claro. Dentro del ocio del volante uno comienza a ver qué pasa en el coche de alado y ves a la mujer que va pintándose la boca/enchinándose las pestañas con la cuchara/buscando el celular en la gigantesca bolsa/peleando con los niños/etc. Adelante está el envalentonado que levanta la mano a todos los que están delante de él porque son muy “pendejos” y no se pasan la luz roja o dan vuelta prohibida.


Con el que sigue, seguramente todos nos identificamos porque todos lo hemos hecho: el cantante, aquel que va dando un concierto con la canción más “popera” que existe y que no podemos cantar frente a los demás por pena o miedo a perder ese status cool que nos caracteriza.


Y es que cada automóvil es un mundo, se vuelve una extensión no sólo de nosotros, sino de nuestro hogar, hay personas que se rasuran en él, desayunan, hacen fiestas, echan pasión, afianzan negocios, refrendan amistades, amor, compadrazgos, o simplemente enojos, todos hemos realizado alguna de estas acciones, ¿o no?


El otro lado es cuando nos volvemos parte de él/ella y viceversa, quién no ha hecho “la mirada” cuando pasa a algún tortuga que no quiso moverse del carril de alta, algunos utilizan su carro como parte de su ego y presumen el tamaño de su camionetón, quizá por algún complejo o nomás por presumir.


Lo cierto es que nuestro auto se vuelve parte de nuestra vida diaria y así lo queremos y lo cuidamos, además habla mucho de nuestra personalidad. Les recomiendo que volteen a su alrededor cuando vayan manejando –con precaución claro está–, se sorprenderán de lo que puede uno mirar, todos nos sentimos protegidos dentro de él, nos mostramos tal y como somos en realidad, miren un poquito y luego me platican.


Lo único malo de todos los carros, es cuando sube la gasolina.