miércoles, 23 de septiembre de 2009

Lluvia




Todavía recuerdo la liberadora sensación de la lluvia tocando la cara, mojando el cabello; el sentimiento de libertad que se desprende de algo tan sencillo como empaparse en la lluvia… Tendría como 15 ó 16 años la última vez que me dejé llevar por esa sensación, la última vez que no me importó más que sentir las gotas tocándome y volviendo pesada mi ropa. Después me preocupó la ropa, los zapatos mojados, la chamarra arruinada, el cabello despeinado y ahora, hasta la cochina influenza.

No sé cuándo crecí. No recuerdo cuándo decidí que mojarme en la lluvia no era una opción para divertirme, cuándo dejé de brincar en los charcos para salpicar al de junto, cuándo comencé a correr con la espalda encorvada y cubriendo mi cara con lo que fuera para que los lentes permanecieran secos, creo que algo pasa.
Es como un switch que se prende y apaga con el paso de los años, creo que debe ser cuando comienzas a pagar tú las cosas, cuando conoces y comprendes el valor que se le da a un sweater de cashmere, a una chamarra de ante y además, te importa.

De vez en cuando veo llover y me pierdo en recuerdos de infancia y adolescencia que me invitan a repetir lo mismo, dejarme llevar, correr por la calle sin rumbo, sin prisa pero sin pausa, con el único fin de mojarme, sentir como la lluvia toca todo mi ser y bañarme en una liberadora regadera tan natural como el verde de las hojas que bailan al compás y, bailar con ellas.

No recuerdo cuándo se prendió el switch o se apagó, lo que sea que haya sido pasó, tan sólo espero poder tener tiempo, la posibilidad de ver llover y dejarme llevar al son de las gotas que rebotan y rebotan y vuelven a botar.