
Por alguna extraña razón me di cuenta de que no había escrito nada sobre la fotografía, y digo extraña razón porque no recuerdo en qué momento me percate de aquella falta tan grave, siendo la fotografía una parte fundamental de mi vida –se preguntarán por qué–, la fotografía ha estado allí desde antes de que naciera quien escribe, y mucho antes que mi padre y mi abuelo, sin embargo ha contribuido de manera sustancial a la vida de estos tres personajes.
Alguien dijo una vez que las fotografías son ventanas fieles al pasado y tiene toda la razón, cuántos de nosotros no hemos visto una fotografía y recordado el momento preciso en que fue tomada, las fiestas, los bautizos, las comidas, los familiares, aquel momento de nuestras vidas cuando estábamos más delgados, más gordos o éramos jóvenes todavía, las risas los recién nacidos, los que están lejos y los que ya se fueron para siempre. Todo eso y más podemos recordar con una fotografía, un simple pedazo de papel en el que se plasman momentos y sentimientos y que al igual que si fuera un olor hace brotar un sentimiento, una sonrisa, un suspiro, un ademán con la mano haciendo alusión a algún recuerdo o algún conocido quizá ya olvidado o inclusive hasta una lágrima.
Las fotos nos pueden transportar de donde nos encontramos al lugar donde fueron tomadas, nos dan una clara imagen de cómo lucíamos cuando éramos pequeños, y de cómo eran nuestros papás y las personas que nos rodean hace algunas cuantas décadas, pareciera como si uno abriera el baúl de los recuerdos como el ropero de la abuelita de crí-crí y mágicamente te transportas a otra dimensión, abres la ventana de la memoria y recuerdas los bellos momentos y los bellos lugares en los que has estado, las personas con las que has compartido aquellos momentos y quieres ver más y más y a veces te arrepientes de no haber tomado más fotos.
En italiano, no se dice “tomar una fotografía”, se dice “hacer una fotografía (fare una foto)” y quizá tenga coherencia, es decir, al tomar una foto estas creando un recuerdo y la fotografía revelada tan sólo representa una ventana o una puerta para abrir ese recuerdo.
Mi abuelo nació durante la guerra cristera mexicana, fue bautizado en una iglesia clandestina detrás de un portón como cuenta mi padre. Desconozco su historia completa, sólo sé que ha viajado mucho, conoce gran parte de la república y sus tradiciones, se casó con María, mi abuela y viven en un pequeño pueblecito. Es padre de diez hijos de los cuales sobreviven siete, dos muertos al poco tiempo de nacidos y el último fallecido apenas el año dos mil dos. Es fotógrafo de profesión y a pesar de que no conozco toda la historia, sé que la fotografía mantuvo a mi padre y a su familia durante mucho tiempo. A penas hoy le pregunte a mi padre sobre una pequeña camarita que algún día nos mostró mi abuelo y que de acuerdo a un comentario de mi padre me dejó maravillado y un tanto agradecido.
Hoy me dijo mi padre: “cambió su equipo de fotógrafo de feria por una camarita (marca Kodak modelo retina I a, como de la década de los cincuenta) y por unos botes para revelar las fotos, hizo un buen negocio” me dijo. Al decir mi padre que mi abuelo había cambiado un equipo de feria y describirlo como unos paisajes, un caballito, sombreros y demás disfraces, no pude evitar imaginarme a mi abuelo como uno de esos fotógrafos en las películas de antaño y supongo que la imagen que tengo y que tal vez genere usted querido lector no es tan alejada de la realidad.
Mi abuelo cambió su equipo por otro equipo, y esa gringa, mantuvo a la familia de mi padre durante un buen tiempo, dice mi padre que él llegó a descomponerla alguna vez y como cualquier niño, estaba preocupadísimo. Y así como esa, la camarita gringa debe tener millones de anécdotas, como toda mi familia paterna tiene millones de anécdotas relacionadas a las fotografías. Cada uno se jacta de tomar las mejores fotos y siempre se acuerdan de aquel día en que uno de mis tíos tomo las fotos de una fiesta y la cámara no tenía rollo, o la vez que no quitaron la tapa del lente y no salio nada, o aquella vez que la tía fotógrafa omitió los pies de cada una de sus fotos de cuerpo entero, entre otras tantas y no había domingo que fuéramos a casa de mis abuelos y sin que hubiese fotos de personas -desconocidas para nosotros- de fiestas, cumpleaños, etc. o personas que fueran a buscar a don Job para que tomara las fotos y en su defecto iba alguno de sus representantes (los hijos más pequeños).
Durante mucho tiempo la fotografía fue considerada como una forma de robar el alma de las personas y era sólo para los ricos. Hoy en día mi abuelo se está quedando sin trabajo, las fotos son una práctica común y corriente que no requiere de ciencia alguna ni mucho menos de una gran cantidad de dinero; antes mi abuelo tenía que ir a la ciudad de México a revelar sus rollos a color y ahora hasta en las farmacias las revelan y allí mismo puedes comprar una cámara desechable para tomar tú tus propias fotos y hacer tus recuerdos.
Como ven y como lo había mencionado anteriormente, la fotografía ha formado parte de la vida de los tres personajes, mi abuelo como fotógrafo de profesión, mi padre como fotógrafo de afición y yo, como objeto de la lente y aficionado también, al fin y al cabo quién se va a privar del gusto de crear sus propios recuerdos y tener siempre a la mano esa puerta al pasado como la llave del ropero de la abuelita.
El gusto por la fotografía lo ha heredado mi hermano menor y parece que también el talento, porque para ser sincero, no hay fotos como las de mi abuelo; y ahora las de mi hermano.
Alguien dijo una vez que las fotografías son ventanas fieles al pasado y tiene toda la razón, cuántos de nosotros no hemos visto una fotografía y recordado el momento preciso en que fue tomada, las fiestas, los bautizos, las comidas, los familiares, aquel momento de nuestras vidas cuando estábamos más delgados, más gordos o éramos jóvenes todavía, las risas los recién nacidos, los que están lejos y los que ya se fueron para siempre. Todo eso y más podemos recordar con una fotografía, un simple pedazo de papel en el que se plasman momentos y sentimientos y que al igual que si fuera un olor hace brotar un sentimiento, una sonrisa, un suspiro, un ademán con la mano haciendo alusión a algún recuerdo o algún conocido quizá ya olvidado o inclusive hasta una lágrima.
Las fotos nos pueden transportar de donde nos encontramos al lugar donde fueron tomadas, nos dan una clara imagen de cómo lucíamos cuando éramos pequeños, y de cómo eran nuestros papás y las personas que nos rodean hace algunas cuantas décadas, pareciera como si uno abriera el baúl de los recuerdos como el ropero de la abuelita de crí-crí y mágicamente te transportas a otra dimensión, abres la ventana de la memoria y recuerdas los bellos momentos y los bellos lugares en los que has estado, las personas con las que has compartido aquellos momentos y quieres ver más y más y a veces te arrepientes de no haber tomado más fotos.
En italiano, no se dice “tomar una fotografía”, se dice “hacer una fotografía (fare una foto)” y quizá tenga coherencia, es decir, al tomar una foto estas creando un recuerdo y la fotografía revelada tan sólo representa una ventana o una puerta para abrir ese recuerdo.
Mi abuelo nació durante la guerra cristera mexicana, fue bautizado en una iglesia clandestina detrás de un portón como cuenta mi padre. Desconozco su historia completa, sólo sé que ha viajado mucho, conoce gran parte de la república y sus tradiciones, se casó con María, mi abuela y viven en un pequeño pueblecito. Es padre de diez hijos de los cuales sobreviven siete, dos muertos al poco tiempo de nacidos y el último fallecido apenas el año dos mil dos. Es fotógrafo de profesión y a pesar de que no conozco toda la historia, sé que la fotografía mantuvo a mi padre y a su familia durante mucho tiempo. A penas hoy le pregunte a mi padre sobre una pequeña camarita que algún día nos mostró mi abuelo y que de acuerdo a un comentario de mi padre me dejó maravillado y un tanto agradecido.
Hoy me dijo mi padre: “cambió su equipo de fotógrafo de feria por una camarita (marca Kodak modelo retina I a, como de la década de los cincuenta) y por unos botes para revelar las fotos, hizo un buen negocio” me dijo. Al decir mi padre que mi abuelo había cambiado un equipo de feria y describirlo como unos paisajes, un caballito, sombreros y demás disfraces, no pude evitar imaginarme a mi abuelo como uno de esos fotógrafos en las películas de antaño y supongo que la imagen que tengo y que tal vez genere usted querido lector no es tan alejada de la realidad.
Mi abuelo cambió su equipo por otro equipo, y esa gringa, mantuvo a la familia de mi padre durante un buen tiempo, dice mi padre que él llegó a descomponerla alguna vez y como cualquier niño, estaba preocupadísimo. Y así como esa, la camarita gringa debe tener millones de anécdotas, como toda mi familia paterna tiene millones de anécdotas relacionadas a las fotografías. Cada uno se jacta de tomar las mejores fotos y siempre se acuerdan de aquel día en que uno de mis tíos tomo las fotos de una fiesta y la cámara no tenía rollo, o la vez que no quitaron la tapa del lente y no salio nada, o aquella vez que la tía fotógrafa omitió los pies de cada una de sus fotos de cuerpo entero, entre otras tantas y no había domingo que fuéramos a casa de mis abuelos y sin que hubiese fotos de personas -desconocidas para nosotros- de fiestas, cumpleaños, etc. o personas que fueran a buscar a don Job para que tomara las fotos y en su defecto iba alguno de sus representantes (los hijos más pequeños).
Durante mucho tiempo la fotografía fue considerada como una forma de robar el alma de las personas y era sólo para los ricos. Hoy en día mi abuelo se está quedando sin trabajo, las fotos son una práctica común y corriente que no requiere de ciencia alguna ni mucho menos de una gran cantidad de dinero; antes mi abuelo tenía que ir a la ciudad de México a revelar sus rollos a color y ahora hasta en las farmacias las revelan y allí mismo puedes comprar una cámara desechable para tomar tú tus propias fotos y hacer tus recuerdos.
Como ven y como lo había mencionado anteriormente, la fotografía ha formado parte de la vida de los tres personajes, mi abuelo como fotógrafo de profesión, mi padre como fotógrafo de afición y yo, como objeto de la lente y aficionado también, al fin y al cabo quién se va a privar del gusto de crear sus propios recuerdos y tener siempre a la mano esa puerta al pasado como la llave del ropero de la abuelita.
El gusto por la fotografía lo ha heredado mi hermano menor y parece que también el talento, porque para ser sincero, no hay fotos como las de mi abuelo; y ahora las de mi hermano.
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